Desde el borde...
Sentado en el borde de la nada espero que llegue mi momento. Los sonidos del vacío penetran mi cáscara quebrada por los golpes del destino. Los sueños del ayer se disuelven por mi corriente sanguínea como si fueran metadona. Volveré a escupir por las calles de tu ciudad, volveré a vomitar versos gastados en los cuartos de baño de los clubs de baile. No pienso parar ahora.
Subo las escaleras esperando encontrar una respuesta afirmativa, tropezando con las dudas que la escritura automática va dejando a su paso. Nubes de petróleo quemado. Polímeros radioactivos entre los resquicios de la subnormalidad. El aire apesta a cerrado, a humedad. La brisa marina sobre mi pelo es tan sólo un recuerdo.
Sigo buscandome dentro de las latas de cerveza, sigo programándome con el sonido de los atardeceres de hace casi diez años. Los analgésicos de mi mesita de noche estarán llenos de moho para tu llegada. Venga la luz a mí.
Los iris de la inconsciencia dicen que exageramos ante el borrón de palabras sin sentido que proyecto por las noches mientras duermo. La felicidad no tiene porque estár escondida detrás de cada puerta cerrada que encontramos. Sueño con arañas de rincón, pienso demasiado lento, escribo demasiado deprisa. Pero las ventanas de mi casa siguen abiertas esperando un rayo de sol que penetre en la casa.
Por supuesto que hay montones de vinilos esperando mi llegada precoz, como los kilos de hachís arrinconados en un espacio reservado a mi cerebelo.
Suenan cascabeles de arrogancia azules, por las paredes de mi casa brota la sangre de mi cabeza estampada contra el mueble de la cocina. Los electrodomésticos ríen al unísono. Me reencuentro con mis letras más ácidas. Esta vez no habrá público que judgue ni me ignore, esta vez somo sólo mis palabras y yo contra la sed de reconocimiento.
Desde el borde de una nada espero sentado. Buenas noches.
Subo las escaleras esperando encontrar una respuesta afirmativa, tropezando con las dudas que la escritura automática va dejando a su paso. Nubes de petróleo quemado. Polímeros radioactivos entre los resquicios de la subnormalidad. El aire apesta a cerrado, a humedad. La brisa marina sobre mi pelo es tan sólo un recuerdo.
Sigo buscandome dentro de las latas de cerveza, sigo programándome con el sonido de los atardeceres de hace casi diez años. Los analgésicos de mi mesita de noche estarán llenos de moho para tu llegada. Venga la luz a mí.
Los iris de la inconsciencia dicen que exageramos ante el borrón de palabras sin sentido que proyecto por las noches mientras duermo. La felicidad no tiene porque estár escondida detrás de cada puerta cerrada que encontramos. Sueño con arañas de rincón, pienso demasiado lento, escribo demasiado deprisa. Pero las ventanas de mi casa siguen abiertas esperando un rayo de sol que penetre en la casa.
Por supuesto que hay montones de vinilos esperando mi llegada precoz, como los kilos de hachís arrinconados en un espacio reservado a mi cerebelo.
Suenan cascabeles de arrogancia azules, por las paredes de mi casa brota la sangre de mi cabeza estampada contra el mueble de la cocina. Los electrodomésticos ríen al unísono. Me reencuentro con mis letras más ácidas. Esta vez no habrá público que judgue ni me ignore, esta vez somo sólo mis palabras y yo contra la sed de reconocimiento.
Desde el borde de una nada espero sentado. Buenas noches.
